UNA SUCESION DE IGLESIAS BIBLICAS
O
UNA IGLESIA APOSTATA REFORMADA
El entendimiento de la naturaleza de la iglesia es un asunto absolutamente vital para la evangelización mundial. La victoria del evangelio depende de la implementación de esta esencial doctrina, porque es la iglesia la institución responsable de llevar a cabo la Gran Comisión , y si no nos ponemos de acuerdo en relación a esto vamos a seguir marcando el paso, sin credibilidad ni poder evangelístico, hasta que Dios levante una nueva y mejor generación de cristianos que verdaderamente busque y ame su verdad y la promueva con todo su vigor, tal como lo hizo Isaías: “ Por amor de Sion no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha ” (Isaías 62:1).
Dios abrió una puerta en la época de la reforma para que los hombres pudieran restablecer lo que el diablo, hasta ese entonces, intentaba hacer pasar por iglesia, pero el amor y la pasión por volver al patrón neotestamentario no fue tan intenso en los reformadores como para dar este paso radical.
¿UNA IGLESIA APOSTATA REFORMADA?
Los reformadores revolucionaron la sociedad medieval con la errada premisa que la iglesia de Cristo había apostatado y que se hacía necesario una reforma. Esta premisa, desde una perspectiva bíblica o teológica, es una absurdo, porque los reformadores debían haber bien sabido dos cosas fundamentales: 1) que la iglesia como institución tiene la promesa de perpetuidad: “… y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo ” (Mateo 28:20). 2) y que es invencible o indestructible: “… y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella ” (Mateo 16:18).
Estas verdades bíblicas básicas, la incompatibilidad del dogma católico con las enseñanzas del Nuevo Testamento, y la corrupción en su interior, debió haber llevado a los reformadores a evaluar si el catolicismo era verdaderamente el fruto de la eclesiología de Cristo, porque la sola idea apostasía es una afrenta al señorío de Cristo y a la soberanía de Dios.
Ahora bien, si hipotéticamente concebimos la muerte o apostasía de la iglesia, esto significaría una o dos cosas: 1) Cristo no tuvo el amor de preservar su esposa de la muerte (Efesios 5:22-32), o 2) No tuvo el poder de prevenir la muerte de ella; en cualquiera de los dos casos destronamos a Dios. Si la iglesia murió o apostató ¿quién podría volverla a resucitar? ¿Quién tendría la autoridad de reformar la iglesia de Cristo?
¿Quién podría darle a Cristo una nueva esposa?
Estas son las graves implicaciones a que deben enfrentarse todas las “iglesias” que surgieron durante y después de la reforma, y que por principio las descalifica para ser iglesias de Cristo.
Tener el valor de denunciar los excesos y la corrupción de la iglesia estatal requiere valentía y merece reconocimiento, pero “esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23b). Los reformadores debieron haberse unido al remanente de iglesias bíblicas (anabautistas) que existían en toda Europa, porque de esta forma habría habido sólo bautistas y católicos, y a la gente le habría sido más fácil identificar la iglesia falsa de la verdadera, pero con el mal ejemplo de empezar sus propias instituciones eclesiásticas, causaron más confusión que ayuda a la causa de Cristo, porque ese comportamiento legitima a cualquiera que se le antoje empezar su propia denominación cristiana, y este caos denominacional es el legado de la reforma.
LA SUCESIÓN DE IGLESIAS BIBLICAS
La promesa de perpetuidad de la iglesia se mantuvo fiel, las puertas del Hades no prevalecieron contra ella (Mateo 16:18). Dios cuidó un remanente fiel a través de los siglos, preservando no sólo la verdad de Dios, sino que también el celo por contender ardientemente por la fe que una vez fue dada a los santos (Judas 3), hasta el punto de entregar la vida por la causa de Cristo. Estos grupos anabautistas (llamados así, porque rebautizaban a los que salían del catolicismo y luego del protestantismo), peregrinaron por las turbulentas aguas de la Edad Media bajo diferentes sobrenombres dados por enemigos (Montanistas, Novacianos, Donatistas, Paulicianos, Petrobrusianos, Cátaros, Arnoldistas, Husitas, Valdenses, Albigenses , Lolardos, etc.) Estos movimientos de iglesias eran el remanente que transportó la antorcha de la verdad por 1300 años, y es allí donde debemos buscar las iglesias del Nuevo Testamento. No negamos que hubieron excesos y errores dentro de estos grupos, como también lo hay en las iglesias bautistas de la actualidad, pero es dentro de este movimiento de iglesias donde encontraremos las iglesias de Cristo, de los contrario el diablo le ha robado al mundo post-constantiniano el privilegio de ver una verdadera iglesia del Nuevo Testamento, pero por las Palabras de Cristo sabemos que la promesa aún esta vigente: “Edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).
Héctor Hernández Osses
Pastor Bautista
hectorihernandez@hotmail.com
Temuco - Chile